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martes, 15 de marzo de 2011

Malas rachas.

Cuando las tempestades se hacen amigas de las epidemias y deciden dar un largo paseo por el campo, yo tengo siempre la maldita suerte de haberme ido a hacer fotos del paisaje, o a intentar inspirarme sobre una gran roca, que suele terminar sobre mí. Hablo simbólicamente, metafóricamente, claro… sin caer en el arrebato romántico de Bécquer cuando dijo aquello de “mi vida es un erial…” sería demasiado, y yo tengo muchas cosas maravillosas en mi vida. Pero sí que es cierto que esas malditas rachas, que a todos nos azotan alguna vez, se están cebando conmigo, como si los Dioses olímpicos en pleno hubieran decidido que este buscador de Luz en realidad es un aliado de los Titanes.
Espero con ansiedad la primavera… espero con ilusión la nueva energía que mi mente y mi errática salud necesitan para volver a ser yo mismo, ese que lucha, ese que medita alegremente, ese que ama y lo demuestra, y que va plantando ilusiones que luego riega…

Esas malas rachas que todos hemos tenido, esas no, os lo ruego, no las recicléis… ¡a los Titanes con ellas!

martes, 4 de mayo de 2010

CUENCA: (Voz de fondo para guión de video melancólico)

En esta ciudad el tiempo se ve pasar lento y cansino, implacable, pero enfriado por los grandes recuerdos de ayer, la inútil prisa de hoy y la falta de motivación del mañana.
La noche es propicia para enmarcarse en un cuadro mágico, calles de piedra y leyenda, de perdida prosperidad, de corte medieval, renacentista y barroco. Es cierto, se aprecia en el aire un aroma a sencillez, a intensa historia, muchas veces perdida, cuando no tristemente ignorada, pujando por hacerse un hueco en un rincón del recuerdo justo.
Con el cambio de luz, Cuenca despierta cada día y recoge los fantasmas de la noche para abrir sus calles a los pasos cotidianos.
Las arrugas de una ciudad son los surcos de sus paseos lentos, cauces estancados pujando con etéreos y esporádicos berrinches de progreso.
A un torrente de bullicio que eclosiona como fugaz primavera de día festivo le sucede la más frustrante y fría soledad de los días de diario.
Quizás se sienta más aquí el alma de las cosas inanimadas.
Puede que su aroma inspire esa paz que hace de esta tierra una húmeda siembra de poetas y una fábrica de austera y bondadosa rudeza.
Cuenca es un bello pero simple poro del mundo por el que es muy difícil sudar. Los tonos increíblemente rojos de su atardecer cubren sus relieves de cotidiano romanticismo, al tiempo que las campanas de siempre entonan en re menor su público “ea culpa”.

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