Narrativa y Cuentos

Os dejo un nuevo cuento, fue premiado y publicado hace años como fnalista de un concurso de cuentos organizado por la Asociación de Amigos de los Molinos, de Mota del Cuervo. Espero que os guste.

El Molino Mágico
Las clases habían terminado justo a tiempo; la línea de rendimiento académico había caído tanto que si las horas lectivas hubieran durado una semana más, Jesús Pedro probablemente no estaría ahora celebrando sus primeros aprobados y disfrutando de sus vacaciones más o menos merecidas. A lo largo de sus diecisiete años de vida, Jesús Pedro no había conocido más vacaciones que las de su pueblo, aunque un verano visitó a su hermana mayor en Madrid y terminó tan agobiado que necesitó luego una semana de encierro voluntario para regresar a la parsimonia tórrida del verano manchego. Ahora disfrutaría del descanso académico como siempre, ayudando a la familia en la recogida del ajo. No había mejor playa que estos campos, según su abuelo. Claro, que parecía también tradición que nadie de la familia conociera más playa que la de los vigilantes de la tele o la que no tiene mas olas que el baile de brotes tiernos o más arena que la árida sábana que cubría de reseca melancolía los rojos anocheceres del pueblo.

Sin embargo, ni la currante y endogámica tradición gremial, ni la piscina municipal, aplacaban los nuevos sueños de Jesús Pedro, que adulterado por tanta lectura en el último curso, según su tío Manolo, (había leído ¡dos libros!) tenía entre ceja y ceja estrenar su mayoría de edad viendo, tocando y oliendo ese mar de los barcos, ese mar sin orilla que por lo menos tiene que ser cien veces más ancho que el Záncara.

Quedaban quince días para su cumpleaños y mucho temía que ni por intercesión de todas las Vírgenes Ermitañas de la región, reunidas en cónclave extraordinario para tal efecto, conseguiría que su familia irguiese espalda y pensamiento para ampliar el horizonte de sus ojos con la brisa húmeda del océano aquel que los antiguos llamaban nuestro mar.

Una mañana había quedado con sus amigos para ir a la piscina, era domingo y los campos descansaban para santificar las fiestas, no se fuera a estropear la cosecha por ofender al cielo... Zaida, Zoraida y Azahara eran las mejores amigas de Jesús Pedro, que no solía congeniar muy bien con los chicos de su edad, más que nada por su apariencia simplona y sus gustos tranquilos y lo suficientemente sensibles como para pensar de refilón que más allá de los cuarenta kilómetros que nos permite ver la línea del horizonte pueden existir otras costumbres sin ser del todo malas...

Las tres zetas, como llamaba él a sus amigas, no es que fueran un despilfarro de virtudes fraternales, pero no se metían mucho con él y le confiaban sus inquietudes de quinceañera crónica en febril revolución hormonal, cosa que le llenaba de orgullo y le hacía imaginarse a sí mismo como una especie de asesor espiritual, mezcla de Ana Rosa Quintana y Coto Matamoros.

Tras el primer chapuzón en la zona que no cubre, y mientras las zetas devoraban con la mirada al macarrilla de turno con su colmillo de jabalí colgando del cuello y sus andares estilo Gran Hermano, Jesús Pedro sufrió lo que en tiempos de Santa Teresa se hubiera calificado como inspiración divina y lo que su tío Manolo tacharía de gilí pollez: recordó que en el fondo de su mochila habitaba aún aquel libro que su profesora le había recomendado leer en el verano y que, evidentemente, pensaba devolver a la biblioteca sin haberlo abierto. Pero una fuerza desconocida por aquellas latitudes, denominada posiblemente curiosidad, asaltó al muchacho, quizás bajo de defensas después de sus últimos galleos. Para no caer en eterno desprestigio delante de su entorno, se escondió bajo la toalla y comenzó aquel libro medio mágico de cuyo nombre no quiero acordarme...
No tardaron las tres Zetas en acudir al bulto de su amigo, intrigadas por la potencial guarrada que Jesús Pedro pudiera estar realizando bajo su toalla de Sin Chan. Zoraida tiró de la misma con fuerza y alevosía y cual fue la sorpresa del trío al encontrar a su amigo leyendo. La decepción fue tan grande que incluso pensaron en pensar en ir cambiando de confidente. -¡Está leyendo! El grito de Zaida resonó por toda la piscina como un amén a destiempo en la ermita del santo. Todos repitieron la frase y pronto el socorrista acudió al lugar del contratiempo por si nuestro amigo necesitaba algo para su insolación... La noticia se supo en todo el pueblo y, evidentemente, en casa de Jesús Pedro, donde las opiniones se dividían: la facción encabezada por su hermana mayor, que llamó desde Madrid para interesarse por el asunto, y que afirmaba que eso era bueno, que despejaría la mente del muchacho; la otra, liderada por su tío Manolo, pretendía localizar el libro en cuestión y enterralo, pues ya se sabe que los libros han sío siempre mu peligrosos, y comen el seso de la gente pa no trabajar...

Ningún sitio parecía ya seguro para poder leer tranquilamente. En su casa no paraban de mirarle raro, y en el parque hacía demasiado calor; la piscina...ni pensarlo, el domingo de autos terminó dentro del agua con ropa y todo por rarito.

Una tarde, deambulando por los alrededores del pueblo con su libro bajo el brazo, divisó a lo lejos un extraño brillo ante el que no pudo resistirse. Se acercó cada vez más hasta llegar a un viejo molino con sólo tres aspas, en cuya puerta de chapa y madera se reflejaba el sol. Sobre el dintel un letrero escrito en tiza decía: Biblioteca de los Sueños. Jesús Pedro no recordaba haber visto este molino nunca, todo era muy raro, pero entró a pesar de todo. Por dentro, todo estaba decorado como un camarote de un barco pirata, como el que salía en su libro. Sobre un viejo camastro las horas se le pasaron tan deprisa que cuando quiso darse cuenta habían transcurrido dos o tres amaneceres y al libro que tanto respeto y rechazo le había causado en un principio le quedaban cuatro páginas para llegar al final. Anochecía de nuevo cuando un viento suave se levantó, llegando con frescor a su rostro a través de un pequeño ventanuco, las aspas del molino comenzaron a girar y al susto inicial le siguió el asombro: las letras del libro comenzaban a bailar formando frases nuevas: ¡a toda vela! ¡soltad amarras! ¡veinte a estribor! -¡Grumete, asómate por el ojo de buey!, sí tú, ¿quién va a ser si no?, Jesús Pedro se preguntó entonces qué sería un ojo de buey.

-¡La ventana, cabeza de chorlito!

No podía ser que el libro le contestara... pero por si acaso, corrió hacia el ventanuco y asomó su “cabeza de grumete”. Al ver aquello Jesús Pedro no hubiera podido abrir más los ojos pues se le hubieran juntado con su boca abierta, que poco faltaba para que diera a su vez con el ombligo: las aspas del molino convertidas en velas de bajel le habían llevado a la costa, donde ahora contemplaba el paisaje que siempre había soñado ver. Navegando en su molino, el olor a sal, el balanceo del mar y el juego de colores que cubrían de plata la superficie, le provocaron la sensación de libertad más inmensa que jamás había sentido, ¡es enorme! Son las únicas palabras que acertó a decir al tiempo que unas lágrimas asomaban por sus redondos ojos... Así, siguió navegando hasta que un golpe brusco de viento cerró la pequeña ventana. Jesús Pedro, como quien busca ávidamente agua en un desierto, se abalanzó sobre su libro, en cuya última página, antes del Fin, se leía: ¡FELIZ CUMPLEAÑOS!

Desde entonces, el viejo Molino le contó a Jesús Pedro cientos de historias, como aquella vez en la se convirtió en gigante para que un viejo idealista cumpliera sus sueños de aventura...estampándose contra el aspa que le faltaba.

Para su próximo cumpleaños, viajaría hasta la playa a lomos de un caballo, sólo necesitaría la paz de su Molino Mágico, un buen libro y un poco de viento favorable...










EL SUEÑO DE TEO

(Gustavo Villalba)

La sangre de Cuenca ha discurrido con distintas velocidades por las urbanas y rurales arterias de sus estaciones. No hubo libertades, ni transiciones benefactoras para la irrealidad soñada por las numerosas sociedades escuderas y salvadoras de la Cuenca “posvertical”, empeñadas en progresar sólo a golpe de manifiesto en el diario local. La ciudad era montículo de santas y nazarenas pasiones y estrenaba su condición de Interés Internacional, al tiempo que la selección española de fútbol volvía a fracasar en la Euro copa de Italia y la Balompédica subía a tercera división. La ciudad hervía en conflictos laborales y libertades estrenadas, mientras algunos mostraban su dudosa “adhesión nacional” dejando en coma de una patriótica paliza a un estudiante de Magisterio. Para colmo, la ciudad empezaba a estar descuidada, mejor dicho, algo sucia; hablando con propiedad, una cerdada...
A Teo le habían encomendado el sector “k” de limpieza en la nueva campaña súper secreta del Ayuntamiento. No había tantos sectores en la ciudad pero la importancia de la operación exigía su correspondiente y solemne complemento lingüístico, y la “k” designaba sobre el plano a la zona de la estación del ferrocarril. Teo era barrendero por vocación, toda su familia era y había sido del gremio desde que su abuelo, poeta además de libertario en paro, consiguiera el empleo gracias a la publicación de estas críticas coplillas, allá por el año 38:




Por las calles de Cuenca,
Sucias y obscuras,
tires por donde quieras
huele a basuras.
La Ventilla, Mangana,
Carretería...
hiede por todas partes
a porquería.

Natura hizo de Cuenca
villa encantada;
mas los sucios la han hecho
ciudad cagada(...)

Lo mismo en plena calle
que en los rincones,
verás abatir bragas
o pantalones,
y en tus pobres narices
te hará cosquillas
la mierda de un marrano
puesto en cuclillas.
por buenas o por malas,
aquí conviene
que el marrano y marrana
guarden la Higiene,
y hacer que el que a ella falte
el polvo muerda
antes que todo un pueblo
se ahogue en mierda.

Al ser inútil para el servicio de las armas no pudo servir ni a la República ni a Dios ni a España, por lo que tanto unas autoridades como otras, con el asentimiento y respaldo moral del clero, dejaron en manos del abuelo de Teo la proclamada “Cruzada de la limpieza.” Desde entonces, todos los Teo han portado por encima de su variable uniforme, y sobre la manga, el distintivo personal de Cruzado Limpiador, compuesto por un yugo, una cruz y una escoba.
Así pues, nuestro distinguido barrendero, encaminó sus pasos hacia la estación, preparando su conciencia para cumplir fielmente la labor encomendada.
Los momentos más críticos eran los posteriores a la llegada y salida de los trenes, pues algunos viajeros, como queriendo soltar el lastre de un malo o tedioso viaje, descargaban envoltorios grasientos, pañuelos de papel y cualquier otro romántico recuerdo sobre el andén. El TALGO Valencia-Cuenca-Madrid anunciaba su inminente marcha y la megafonía aclaraba, incurriendo en redundante reverberación, que lo haría por la vía uno, para regocijo de los aficionados al sarcasmo...
Teo barría ya el andén como si su vida fuera un continuo examen público ante tribunal competente, como él mismo solía decir, cuando una bola de papel, con una premeditada parábola, salió desde una de las ventanillas del TALGO (al menos este las tenía) y fue a pegar en su cabeza. Buscando el posible infante gamberro, y tras soltar por su boca el tan conquense “¡chorra!”, Teo recorrió con la vista el camino contrario al insurgente proyectil -según la posterior descripción que hiciera en la taberna de Botes-, y cuál fue su sorpresa al descubrir, no un guacho despeinado, con el moco colgando, sino el rostro femenino más dulce que hubiera visto en toda su vida. Sólo tuvo tiempo de ver cómo se alejaba mientras ella, con una sonrisa de ángel pillo, le invitaba a recoger el papel...
“BARRENDERO, BARRENDERO, SI VIENES EL MARTES, EN MI VENTANA TE ESPERO”
Su corazón palpitaba más deprisa que cuando el año anterior casi pierde media nalga corriendo la vaca en las fiestas de San Mateo. ¡Una cita! ¡su primera cita!
Cuando lo contó en “Botes” todos se burlaron de él, Teo sabía que resultón precisamente no era, pero el uniforme le daba cierto toque marcial, le había dicho su madre. Además, no le importaba nada más que poder verla de nuevo, enmarcada en la ventana del tren, como si fuera un cuadro de una Diosa que trasladan al Prado. Y ese cuadro le miraba y le escribía, y por primera vez en su vida se había sentido vivo para algo más que para ser un “boina verde” de la pulcritud pública. Dejó a sus amigos, más preocupados por el inminente ascenso de la Balompédica a Tercera División, y paseó su incertidumbre hasta el Recreo Peral, donde pronto los bolos romperían de nuevo el silencio...
El martes siguiente, Teo madrugó más que de costumbre y tenía el andén de la estación como la patena, cuando el altavoz, convertido en sus oídos en bella voz de tenor, anunció que el TALGO estaba haciendo su entrada por la vía 1. Con el pulso acelerado recorrió con la vista todos los vagones, hasta que localizó a su Gioconda, que asomaba delicadamente la mano para dejar caer una bolita de papel, Teo corrió y recogió el papel apretándolo contra su pecho mientras la veía...¡que hermosa era!, petrificado por la emoción, aquel fue el minuto más corto de su vida, ella le miraba con una expresión melancólica, serena y divertida y el era... ¡el pasmarote más grande del universo! ¡Todavía no había leído el nuevo mensaje:
“BARRENDERO, BARRENDERO FIEL, SIGUE BARRIENDO PENAS,
TRAS ESTE CRISTAL, EL MARTES TE MIRARÉ”

Las piernas le temblaban y no había en su cuerpo resquicio de piel que no fuera carne de gallina. La próxima vez le hablaría, o incluso podría escribir algo, aunque eso ya se le daba peor. Tan elevado en sus nimbos se encontraba Teo, que pasó por alto tres colillas en el suelo, un chicle pegado en la acera y un Diario de Cuenca sobre un banco del parque de San Julián, cuyas páginas le habían contando a algún jubilado que en Cuenca existen actualmente 112 bares y que por fin todos los vecinos de San Antón tenían agua corriente, por lo que habían celebrado una “chuletada popular”.
Los encuentros “estacionales” se sucedieron durante varios meses sin que Teo se atreviese a otra cosa que a enamorarse más cada martes. Su colección de cartas creció, así como la extensión de las mismas. Cierto día, ayudado por el poder “quita vergüenzas” de media copa de Resolí, y mientras el TALGO se alejaba, le gritó a su amada misteriosa:
-¡Dime tu nombre!
Ya casi en el paso a nivel recogió otro papel:
ROSANA

Cierto día, un amigo literato al corriente de sus fugaces encuentros le habló de la historia de amor entre un tal Cyrano de Bergerac y Roxana. Le dejó el libro y no paró de leer hasta darle fin como si de un festín a la romana se tratara. Teo decidió convertirse en el “Cyrano” de su amada, aunque de morir aplastado por una viga ni hablar...eso que lo sufra solo el gabacho.
Era el momento de perder su timidez y declararle su infinito amor a Rosana. Escogió el verso que más le había impresionado de toda la obra y lo escribió sobre una pequeña tarjeta: “...el corazón me has quitado, déjame el tuyo prestado para que sufra por ti...”, luego la ató con una cinta de raso a las cuatro rosas rojas que había cortado en el parque y caminó, como todos los martes desde hacía cuatro meses, en dirección al andén de los sueños...

...Aquella misma noche, encontré las rosas de Teo tiradas sobre la vía. Tachados los versos iniciales de la tarjeta, se podía leer lo siguiente:
“NO, AMOR MÍO, YO NO OS AMÉ JAMÁS...”

...Un día antes, el uno de junio de 1980, el TALGO llamado “Virgen del Yugo” había parado por última vez en la estación de Cuenca...



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