sábado, 3 de abril de 2010

Recuerdo de las Turbas

Esta tarde es tarde de recuerdos en mi mochila nazarena, de esos recuerdos que se graban para siempre en la conciencia infantil y que afloran cuando menos te lo esperas, cuando más grata melancolía pueden provocar, para afirmarle a uno mismo la feliz magia de su infancia.

Comparto con ustedes uno de esos recuerdos: las Turbas…
Las oía pasar…

Era demasiado pequeño como para asomarme a la puerta a las seis de la mañana. La casa de mis padres es un bajo y antes de que la vieja tienda de “el Cotolito” dejase de vender frutos secos para convertirse en nuestro salón, no teníamos ventanas para asomarnos a la calle de las Torres y ver pasar las turbas…

Creo que entonces me impresionaban mucho más…

Era el miedo de escuchar una ola de temblor. Su significado, su ausencia de imagen real inspiraba en mí la recreación de algo sublime y misterioso.

El único amanecer del año en el que los clarines y tambores de la muerte me despertaban.

Entonces las dudas todavía no me asaltaban, y sentía realmente los pasos de Jesús hacia su castigo, precedido de ángeles y demonios que revisaban los dinteles de las puertas para asegurarse de que el cordero había sido sacrificado... Estaban ahí fuera, apenas a unos metros de mí… sentía el golpear de las horquillas pasar fugazmente por la estación de mi pensamiento adormecido…

Después, el silencio, la calma bajo las sábanas frías…

Ya han pasado… dentro de unas horas me levantaría para vestir mi pequeña túnica, empuñar mi tulipa y ver cómo la turba se transformaba en hombres que me daban el testigo para seguir cumpliendo ese magnifico guión con final feliz.

Era un tiempo, todavía, sin los dioses de los hombres castigando y atormentando mi conciencia.

Era un tiempo en el que plantar fideos en una maceta resultaba una prueba crucial para empezar a perder mi sana inocencia.

Apenas tenía diez años...

Alguna cosas han cambiado desde entonces sus colores, incluso en los recuerdos.

Pero sigo pensando en las estrellas como si fueran luces, velas encendidas al alcance de las manos y, soñando, he ido plantando ilusiones de tulipa bajo la tierra...

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